Los famosos nervios al hablar en público

“El mayor orador del mundo es el triunfo”
Napoleón Bonaparte

¿De dónde vienen los nervios? ¿Por qué es tan difícil desaparecerlos? ¿Cómo evitarlos al momento de realizar una presentación en público?

Seguro que existen infinidad de ocasiones en que te has formulado estas preguntas. Yo no intentare dar respuesta a ellas –francamente no nos ayuda para lo que buscamos- más bien, pretenderé explicar qué hacer con esos “nervios” para que no te afecten al momento de hablar en público.

Lo primero es definir –aceptar- la causa del miedo.

Al estar frente a un auditorio y comenzar a hablar, sólo tenemos dos opciones: hacerlo bien o hacerlo mal –ambas con sus respectivos niveles de gravedad-. Lo anterior, aunque suene por demás lógico, conlleva una carga emocional y racional que nos provoca el nerviosismo ya señalado. Me explico.

Si la exposición sale bien –o muy bien, o excelente, etc- no hay problema. Estaremos tranquilos, satisfechos. Todo estará en su lugar, en orden.

Pero si la exposición sale mal –o muy mal, o desastrosa, etc- hay un gran problema: Nuestra imagen, la percepción que los demás tengan de nosotros, se verá seriamente afectada. Si mis colegas, jefes, subalternos, me consideran un experto en determinado tema y al exponerlo públicamente me “trabo”, me confundo, me “enredo”, tartamudeo, vacilo, es muy posible que piensen que quizá no era tan experto como ellos suponían. Si la gente que me está escuchando no me conoce, peor aún, pues no tienen ningún otro elemento para formarse una idea acerca de mis competencias y conocimientos, por lo que sencillamente me “etiquetaran” como alguien que “no sabe”.

El detalle es que técnicamente no es posible asegurar que la presentación que estoy a punto de iniciar saldrá bien; es decir, siempre existe la posibilidad de que mi exposición no sea buena y, si eso sucede, las consecuencias serán las que ya señalamos anteriormente. Y eso sí que da miedo.

En otras palabras, lo que está en juego al momento de hablar en público es la imagen, la idea, la percepción que los demás tienen –o van a tener- de mí.

Y reitero. Eso sí es para dar miedo.

Así que es completamente entendible –y natural- que ante la sola posibilidad de exponer algo, se comience a sentir ese tan conocido estremecimiento en las extremidades, sudoración –en muchas ocasiones, excesiva-, temblor en la voz y muchas otras formas en que se manifiesta el nerviosismo o el estrés.

¿Cómo evitarlo?

En mi experiencia, sostengo que no debemos buscar evitar o desaparecer los “nervios”. Se trata de controlarlos.

El miedo a que las cosas salgan mal nos ayuda a mantenernos alertas, a cuidar los detalles, a evitar los excesos de confianza. Si eliminamos ese miedo, corremos el grave riesgo de confiarnos y tropezar de la peor forma y en el más inoportuno momento, a la hora  llevar a cabo nuestra presentación.

Por eso lo ideal no es evitarlos, sino CONTROLARLOS.

Para ello, existen dos técnicas que nos ayudaran a manejar, a controlar efectivamente ese nerviosismo –sumadas a la evidente preparación del tema-:

La respiración adecuada y la actitud mental.

En el siguiente post platicaremos de la primera de ellas.

Muchos saludos.

Ejercicio.
Al prepararte para dormir, recostad@ en tu cama boca arriba, pon tus manos sobre tu abdomen y siente como respiras. Nota como se inflama tú estomago al inhalar. Trata de “seguir” el proceso de respiración que desarrolla tu cuerpo en esa posición. Por la mañana, ya en posición vertical, intenta repetir el proceso: que sea el estomago y no el pecho el que se inflame al inhalar.

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